Cierro los ojos. Imagino el sonido de
las olas, la puesta de sol y el viento que se levanta en la tarde.
Esa persona abrazándome hasta que el sol roza por última vez el
horizonte y ese gran beso que viene después.
Ahora abro los ojos, y estoy en mi
cuarto, cuatro paredes. Una música que nada se acerca a algo que
haya en la playa y desde luego, el sol ya se puso hace rato. Por
supuesto, la persona que estaba detrás de mí, no está junto a mí.
Quizás llame esta noche, mañana, la próxima semana o nunca; daría
lo que fuera por saber que nos pasó, que hay en su cabeza o si
alguna vez piensa en mí. O tal vez, mejor sería no saber nunca esas
cosas; habrá otra playa, otras olas, otras puestas de sol, otras
personas, otras llamadas... otros besos.