Si
le preguntaban si ese era el peor día de su vida, la repuesta sería
sí, sin dudarlo. Todo había llegado a su punto de inflexión,
después de eso solo quedaba ir a mejor. Miraba a su alrededor y nada
tenía sentido, desilusión, desilusión y más desilusión.
Había
pasado por tantas caídas, pero ésta quizás fue la que más dolía,
a lo mejor porque todo se acumuló y se abrían todas las heridas
anteriores.
Dio
mil vueltas en la cama, terminó mirando al techo intentando buscar
una explicación a ese ``sin sentido´´ .Si cerraba los ojos,
imágenes sueltas aparecían, algunas dolían y otras complacían, y
al abrir los ojos, se daba cuenta de que ya no existían, o incluso
que nunca existieron.
Sonó
el despertador, y como un día normal: se vistió, desayunó y fue a
clase. Allí puso su mejor cara, no le gustaba estar mal frente a
los demás, de nada sirve compartir la tristeza con los otros, es un
estado de ánimo que no se debe contagiar.
Al
salir de clase, decidió caminar, no tenía ninguna prisa por llegar.
Se quitó los cascos con la música, pues a veces no ayuda nada,
guarda demasiados recuerdos.
Llegó
a su piso, subió por el ascensor. Cuando abrió la puerta del
ascenso, allí estaba él, esperando en su puerta.
- Hola.
- ¿Qué haces aquí?
- Quería saber como estás.
- Digamos que no muy bien.
- Yo pongo nota a los días y siempre intento que no tengan menos de un cinco. ¿Qué nota tiene el tuyo?
- Supongo que menos de un cinco, mucho menos.
- Creo que puedo mejorar eso.
Ella
lo miró a los ojos, buscando una respuesta. Luego notó que había
tomado su mano y sus dedos estaban entrelazados.
- Sé que he tardado.