Fingir un encuentro casual por el
pasillo y poner mi sonrisa de niña de cinco años con una piruleta
en sus manos, rozar nuestras manos, unos pasos más adelante darnos
las vuelta y descubrir que tú también me miras. Las mariposas en mi
estómago, las mariposas en tu estómago.
Ponerme mi mejor vestido para
impresionarte y sentir que cuando nos encontramos un gran foco me
alumbra sólo a mí y, tu mundo y el mío son el mismo: misma hora,
mismo lenguaje, mismas reglas...
Sentir la enorme necesitad de perderme
en tu mirada, y no poder ni por un momento apartarla, te atrapa y te
conviertes en drogadicta. Un paso más cerca, otro más, otro, otro y
otro más, y ahora estamos uno delante del otro esperando algo más
que no llegará.
Me besas... en la mejilla, es sólo
un saludo, creo que mi corazón está a punto de batir el record de
latidos en segundos, cruzamos unas pocas palabras sobre cosas
cotidianas y te despides acariciando un mechón de mi pelo.
Ahora estoy aquí parada viendo como
todo se repite una y otra vez sin que nunca des ese paso, aparece la
rutina. Cada día, un poco menos, me pregunto si hoy será el día,
ese en el que existan algo más que sonrisas en nuestros labios.
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